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SIEMPRE TRIUNFA EL AMOR
Autor: P. Ángel Peña
Benito, misionero agustino recoleto
Tema: EL PURGATORIO “
La Iglesia llama
purgatorio a la purificación final de los elegidos” (Cat 1031). Esta
purificación tiene por objeto “obtener la santidad necesaria para
entrar en la alegría del cielo” (Cat 1030). “La tradición de la
Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (por
ejemplo, 1 Co 3,15; 1 Pe 1,7) habla de un fuego purificador (Cat
1031). Este fuego purificador es totalmente distinto del de los
condenados. El fuego de los condenados lo encienden ellos mismos en
su corazón con las llamas de sus pasiones, del odio y de la maldad y
del rechazo de Dios. En cambio, el fuego del purgatorio es el fuego
del amor, que tienen dentro de su alma, y que se va extendiendo a
todo su ser, hasta que esté totalmente sano, limpio y purificado.
Este es el fuego que quemaba a Jeremías, cuando dice que “había en
mi corazón algo así como un fuego ardiente, prendido en mis huesos
y, aunque quería ahogarlo, no podía” (Jer 20,9). Es el fuego del
Espíritu Santo, que habita en nosotros, y que, en cierto modo, quema
nuestro interior con el deseo insaciable de amar a Dios con toda
nuestra capacidad. Este fuego, más que un castigo de Dios, es una
imperiosa necesidad que siente la propia alma de purificación total
para llegar a la plenitud en el amor. Es un deseo irresistible de
amar con toda la capacidad. Algo así como le puede pasar a quien
está enfermo de los pulmones y no puede respirar bien y siente una
gran necesidad de sanarse para poder respirar a todo pulmón. Ahora
bien, al igual que hemos dicho ya del infierno, el purgatorio no es
un lugar determinado en el espacio. Es un estado del alma, en
proceso de adquirir la plenitud del amor, y todavía con el
insaciable deseo de conseguirlo. Decía Ladislaus Boros que “el
purgatorio no es una ciudad de tortura o un campo cósmico de
concentración... El purgatorio es el paso a través del fuego del
amor de Cristo". Sus llameantes ojos, llenos de amor irán
purificándonos de las escorias de nuestro egoísmo. Cuanto más duros
y fuertes sean estos residuos de egoísmo, tanto más dolorosa y
duradera será esta depuración y purificación. Cuanto más se haya
acumulado la escoria de nuestros pecados, más intenso y prolongado
será este proceso purificador. Santa María Faustina Kowalska nos
dice: “un día vi a mi ángel custodio, que me ordenó seguirle. En un
momento, me encontré en un lugar nebuloso, lleno de fuego y en él,
una multitud de almas sufrientes. Estas almas rezan con fervor, pero
sin eficacia para ellas mismas: solamente nosotros podemos
ayudarlas. Y les pregunté a aquellas almas cuál era su mayor
sufrimiento. Me contestaron unánimemente que su mayor sufrimiento es
la añoranza de Dios (el gran deseo de amarle). Oí una voz interior
que me dijo: "Mi misericordia no quiere esto, pero lo exige la
justicia” (I, 7). Es como si un niño se ensucia las manos y la
justicia amorosa de su madre le exige que él mismo se las limpie
antes de poder abrazarla. Ellos ensuciaron su alma, apartándose de
Dios por el pecado, y ellos mismos deben ahora sufrir, deseando
tenerla limpia totalmente para abrazar a Dios con toda su alma. Lo
hermoso del Amor de Dios es que nosotros podemos ayudarles a
purificarse. Es como si hubieran muerto con una deuda que pagar y
pudiéramos pagar por ellos. Por eso, “es bueno y piadoso orar por
los difuntos para que sean liberados de sus pecados” ( 2 Mac 12,43),
ya que en el cielo “no puede entrar nada manchado” (Ap 21,27). "Sólo
los limpios de corazón, como dice Jesús, podrán ver a Dios" (Cf Mt
5,8). ¡Qué bueno es orar por nuestros hermanos difuntos! Dice el
Cardenal Ratzinger (hoy Benedicto XVI), en su “Informe sobre la fe”
que “si el Purgatorio no existiera, habría que inventarlo, porque
hay pocas cosas tan espontáneas, tan humanas, tan universalmente
extendidas en todo tiempo y cultura, como la oración por los propios
allegados difuntos". Así lo creía también Jesús, de acuerdo a la
mentalidad judía de entonces y nunca lo criticó. El purgatorio, en
resumidas cuentas, es como el fuego del amor de Dios, que nos inunda
y nos hace sentir la necesidad de amar a Dios y a los demás con toda
nuestra capacidad (a pleno pulmón), con toda nuestra alma, con toda
nuestra mente, con todo nuestro ser. Es una exigencia del alma de
amar, no “a medias”, sino totalmente. El purgatorio es la
purificación de nuestro amor
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