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¡Nuestros queridos muertos!
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No los podemos olvidar delante de Dios, desde el
momento que los queremos tanto….
Autor: Pedro García, misionero claretiano | Fuente:
Catholic.net
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Muchas veces nos hemos preguntado en
nuestra América Latina: -¿A qué viene, y cómo se
explica, la devoción de nuestros pueblos a los Fieles
Difuntos?
No podemos ni queremos establecer comparación con otras
culturas no cristianas, que no tienen nuestra esperanza,
y que son también muy apegadas al culto de sus muertos.
Hablamos de nosotros porque tenemos fe. Sabemos que los
que nos precedieron están en el seno de Dios. Y sin
embargo, pensamos mucho en ellos, rezamos mucho por
ellos, y los muertos están presentes en nuestra familias
como lo estuvieron en vida.
No pasa así en otras civilizaciones también cristianas
--que se dicen superiores (!)-- y que ante sus muertos
se muestran bastante frías…
Hablando, pues, de nosotros, ciertamente que hay dos
explicaciones, muy legítimas las dos, y también bastante
claras, en este proceder nuestro con los difuntos: el
amor familiar y el buen corazón de nuestras gentes.
La primera, el amor familiar, es evidente. Nuestros
pueblos conservan, gracias a Dios, un gran apego a la
familia. Y es natural que, al llegar este día, sintamos
la necesidad de hacer más presentes entre nosotros a los
seres queridos que se nos fueron.
La segunda explicación que se da es el buen corazón, que
nos hace sentir muy de cerca el dolor de los demás. Y
eso de pensar que nuestros difuntos están a lo mejor
todavía purificándose en aquel fuego devorador que,
según la piedad y la fe cristiana, llamamos Purgatorio,
eso nos llega muy al fondo del alma. Y eso es también lo
que nos mueve a intensificar nuestros sufragios ante
Dios por las almas benditas.
Hablando de esta segunda razón --el buen corazón de
nuestros pueblos--, explicaba un prestigioso sacerdote
latinoamericano:
- Pasa con los Difuntos como lo que ocurre en nuestros
pueblos con el Santo Cristo. Se le tiene una devoción
muy especial. Por ejemplo, llega la Semana Santa, y hay
que ver las plegarias ante el Señor que sufre y cómo se
le acompaña en procesiones penitenciales… Pasa el Sábado
Santo con el recuerdo de la Virgen Dolorosa, y dice poco
la celebración del Señor que resucita. ¿A qué obedece
este fenómeno, a sólo cultura o a un sentimiento muy
profundo del corazón?…
Nosotros aceptamos esta realidad: los difuntos nos dicen
mucho al corazón, y los recordamos, rogamos por ellos, y
los seguiremos encomendando siempre al Señor.
Pero, ¿qué debemos pensar de las penas del Purgatorio,
de las cuales queremos aliviar a nuestros queridos
difuntos? Aquí deberíamos tener las ideas muy claras. La
Iglesia, guiada siempre en su fe por el Espíritu Santo,
es quien tiene la palabra. Y lo que nos enseña nuestra
fe se puede resumir en dos o tres afirmaciones breves y
seguras.
Es cierto que en la Gloria de Dios no puede entrar nada
manchado. Quien tenga pecado mortal --que quiere decir
esto: de muerte eterna-- no verá jamás a Dios.
¿Y quien no tenga pecado mortal, sino faltas ligeras,
apego a las criaturas, amor muy imperfecto a Dios,
mezclado con tanto polvo y tantas salpicaduras de fango
que se nos apegan siempre?… A la condenación eterna no
va el que muere en estas condiciones, pero tampoco puede
entrar en un Cielo que no admite la más mínima mancha de
culpa.
Para eso está el Purgatorio, que significa eso: lugar de
limpieza, de purificación. Lo cual es una gran
misericordia de Dios. Si no existiera esa purificación y
limpieza, ¿quién entraría en el Cielo, fuera de niños
inocentes y de grandes santos que apenas se han manchado
con culpa alguna?
San Juan Bautista Vianney, el Párroco de Ars, lo
explicaba así en sus catequesis famosas:
- Cuando el hombre muere, se halla de ordinario como un
pedazo de hierro cubierto de orín, que necesita pasar
por el fuego para limpiarse.
¿Y qué podemos hacer nosotros? Pues, mucho. Al ser
cierto que todos los miembros de la Iglesia formamos un
solo Cuerpo, y que está establecida entre todos la
Comunión de los Santos --es decir, la comunicación de
todos nuestros bienes de gracia--, todos podemos rogar
los unos por los otros.
Nosotros rogamos por las almas benditas para que Dios
les alivie sus penas y las purifique pronto, pronto, y
salgan rápido del Purgatorio.
Y esas almas tan queridas de Dios, que tienen del todo
segura su salvación, ruegan también por nosotros, para
que el Señor nos llene de sus gracias y bendiciones.
Ésta ha sido siempre la fe de la Iglesia Católica.
Esto hacemos cada día cuando en la Misa ofrecemos a Dios
la Víctima del Calvario, Nuestro Señor Jesucristo,
glorificado ahora en el Cielo, pero que se hace presente
en el Altar y sigue ofreciéndose por la salvación de
todos: de los vivos para que nos salvemos, y de los
difuntos que aún necesitan purificación.
Eso hacemos también con todas nuestras plegarias por los
difuntos.
Esto hace la Iglesia especialmente en este día, con una
conmemoración que nos llena el alma de dulces recuerdos,
de cariños nunca muertos, de esperanza siempre viva…
¡Los Difuntos! ¡Nuestros queridos Difuntos! No los
podemos olvidar delante de Dios, desde el momento que
los queremos tanto….
Preguntas o
comentarios al autorP. Pedro García Cmf
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